La estructura del suelo: hacia el terreno perfecto

Hace unos meses hablamos en este mismo blog sobre la importancia de realizar análisis de suelos en las parcelas agrícolas y presentábamos unas pautas básicas para llevar a cabo estas acciones. Como ya expusimos entonces, el suelo de una explotación es quizás el elemento más importante de la misma y de él va a depender en una grandísima medida el desarrollo y la salud de las cosechas. Cada suelo, además, es único y por eso es importante conocerlo a fondo. De poco servirá contar con los mejores medios, con la maquinaria más puntera del mercado y con los repuestos agrícolas más fiables si se desconocen las características del terreno de cultivo y, por añadidura, el método correcto de trabajarlo.

Para determinar la vialidad de un suelo es necesario tener en cuenta algunos parámetros fundamentales como la acidez del mismo, la cantidad y calidad de su materia orgánica o la biodiversidad que este puede contener.  Pero por encima de todo esto, es la propia estructura de un suelo la que marcará desde un principio si este es propicio o no para la labor agrícola.

La porosidad de un suelo como factor de calidad

La estructura de un suelo dependerá tanto de sus componentes como de los espacios vacíos que existan entre las diferentes partículas de estos. Estos huecos entre materiales se denominan poros y determinan lo ideal de un suelo de cara a su valía agrícola en función de su capacidad para estar ocupados por agua, aire o gases beneficiosos para el desarrollo edafológico. Según su porosidad, un suelo puede pertenecer a dos categorías diferentes.

  • Macroscópico. El tamaño de sus poros es grande y estos están rellenos de aire en su mayor medida. El agua puede discurrir fácilmente a través de ellos. Los suelos de tipo arenoso son un buen ejemplo de ellos.

  • Microscópico. En este segundo caso el tamaño de los poros es menor y el agua, aunque es capaz de discurrir entre ellos, es sometida a un mayor proceso de retención. Los arcillosos son el paradigma de este tipo de suelos.

La cantidad, el tamaño o el porcentaje de poros conectados entre sí determinarán el grado de porosidad efectiva. El objetivo de cualquier agricultor debería ser alcanzar una estructura lo más estable posible que permita tanto la retención como el movimiento de agua a través de ella. Un sistema bien proporcionado será aquel capaz de fomentar al mismo tiempo el crecimiento de las plantas y el desarrollo de sus raíces.

Hacia el suelo franco

Entre los suelos excesivamente arenosos y los eminentemente arcillosos existe uno ideal conocido como suelo franco. Este tipo de terrenos, según varios estudios que así lo determinan, debería tener una composición cercana al 40 % de arena, 40 % de limo y 20 % de arcilla. Un suelo, por supuesto, puede trabajarse para variar su composición en la medida de lo posible. Para ello es necesario llevar a cabo operaciones de descompactación o compactación de tierras que alteren su grado de porosidad. Para llevar a cabo estas tareas se ha de tener el conocimiento de las mismas, pero también hay que contar con maquinaria y buenos recambios para tractores.

Existe una manera rápida y sencilla de conocer la composición de un suelo. Tras recoger una muestra representativa se llena un bote de cristal con ella a razón de 2/3 de agua y 1/3 de suelo. Se agita y se deja reposar 24 horas. Pasado este tiempo los granos se sedimentarán dejando a la vista diferentes capas que indicarán la estructura del suelo. La parte inferior estará reservada a los componentes arenosos, más gruesos, el centro de la composición corresponderá al limo y la arcilla quedará ubicada en la parte superior de la mezcla.

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